Que no nos digan dónde mirar

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Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, paradójicamente, tengo la sensación de que nunca había sido tan fácil conseguir que millones de personas mirásemos exactamente hacia el mismo sitio. Tenemos periódicos, radios, televisiones, redes sociales, móviles que vibran a todas horas y acceso en segundos a prácticamente cualquier dato. Podemos saber qué ocurre a miles de kilómetros antes de enterarnos de lo que está pasando dos calles más abajo. Y, sin embargo, toda esa capacidad para informarnos sirve de bastante poco cuando alguien consigue imponer qué merece nuestra atención y, sobre todo, qué debe dejar de merecerla.

Esta semana han desahuciado a Mari Carmen. Tiene 87 años y llevaba setenta viviendo en la misma casa, en Madrid. Pagaba unos 500 euros de alquiler y, después de que el inmueble cambiara de manos, pretendían cobrarle 1.650. Mari Carmen acabó saliendo de la que había sido su casa durante prácticamente toda su vida en una camilla. Hubo vecinos intentando impedirlo, movilización, intentos de encontrar una solución e incluso quien se ofreció a pagar para que pudiera quedarse. Dio igual. Había que echarla y la echaron.

Por desgracia hay muchas Mari Carmen en España. Y Franciscos. Y Antonias. Y otros tantos nombres propios que no sabemos ni sabremos. Personas a las que un día les dicen que ya no pueden seguir viviendo donde han vivido siempre. Familias que se quedan en la calle con lo puesto y, demasiadas veces, también con una deuda encima. Jóvenes que trabajan y no pueden independizarse. Personas que destinan medio sueldo —o más— simplemente a tener un techo. Me importa un pimiento dónde hayan nacido. Lo que me importa es que está ocurriendo.

Pero mientras todo esto pasa, alguien está empeñado en decirte hacia dónde tienes que mirar.

«Ceuta».

«¿Y de Ceuta no hablas?».

«¿Y de esto no dices nada?».

Como si fueran ellos quienes decidieran de qué tiene que hablar uno y de qué no. Como si para hablar de Mari Carmen tuvieras que presentar antes un certificado acreditando que ya has opinado sobre todos los asuntos que ellos han decidido introducir en la conversación. No. Ceuta será noticia cuando sea noticia. La inmigración será noticia cuando haya algo que contar sobre inmigración. Y la vivienda será noticia aunque a alguien le moleste que hablemos de vivienda. Lo que no voy a aceptar es que nadie me entregue cada mañana la lista de asuntos sobre los que tengo permitido preocuparme.

Así funcionan demasiadas veces las cosas en este momento. Alguien lanza una frase, una provocación, una ocurrencia o una supuesta gracieta y todos corremos obedientemente detrás. «Chao pescao». Y allá vamos. Titulares, tertulias, vídeos, memes, redes sociales y horas hablando de lo que ha dicho la personaje. Y como funciona, otra gracieta. Y después otra. Da igual si existe una estrategia perfectamente calculada detrás o simplemente han descubierto que funciona: el resultado es exactamente el mismo. Estamos mirando donde quieren que miremos.

Y mientras discutimos sobre la última frase, Mari Carmen sale de su casa en una camilla.

Eso es lo que me preocupa. Tenemos una cantidad de información como jamás había tenido ninguna generación en la historia y, sin embargo, nuestra atención puede dirigirse con una facilidad pasmosa. Basta con gritar más fuerte. Basta con colocar determinadas palabras en el centro de la conversación. Basta con repetir una y otra vez que «España se rompe», que el problema está allí, que miremos hacia allí, que nos enfademos por aquello. Y mientras todos giramos la cabeza, dejamos de mirar lo que ocurre delante de nosotros.

Porque Mari Carmen también me hace mirar hacia Elche. 130 desahucios en un año. Ciento treinta. Y mientras 130 personas o familias han pasado por un desahucio en nuestra ciudad, el Ayuntamiento de Pablo Ruz ha puesto en marcha una oficina antiocupación. Esa es la fotografía.

Y sé perfectamente lo que ocurre ahora. Alguien intentará llevarme otra vez al mismo sitio: «¿Entonces dices que la ocupación…?». No. Me importa un pimiento. No estoy hablando de eso. Precisamente de eso va este artículo. De negarme a que cada vez que quiero hablar de quienes pierden su vivienda alguien venga a cambiarme la conversación para que termine hablando de lo que quieran.

Quiero hablar de que en una ciudad con 130 desahucios el Ayuntamiento ha decidido poner una oficina antiocupación. Quiero hablar de que encontrar un alquiler en Elche empieza a ser una aventura imposible para demasiada gente. Quiero hablar de personas que cobran 1.200 o 1.300 euros y se encuentran viviendas que cuestan 800, 900 o 1.000. Quiero hablar de barrios que durante décadas fueron la alternativa de quienes tenían menos y que ya ni siquiera son asequibles para ellos. Quiero hablar de gente que hace números y descubre que, después de pagar la vivienda, sencillamente no queda suficiente para vivir.

Y sí. No tengo ninguna duda de que si Mari Carmen hubiera vivido en Elche y se hubiera producido aquí una situación equivalente, la oficina antiocupación habría ayudado a echarla de su casa. Porque para eso existe esa oficina. Para ponerse al lado de quien reclama «recuperar» una vivienda y facilitarle el camino. Mari Carmen habría estado en el otro lado. En el lado de quien tiene que irse.

Y ahí está precisamente la obscenidad de las prioridades.

Creamos una oficina para proteger al propietario que quiere «recuperar» una vivienda. ¿Dónde está la oficina de Mari Carmen? ¿Dónde está la oficina para quien recibe una carta diciéndole que tiene que abandonar la casa en la que lleva viviendo treinta años? ¿Dónde está para la familia que tiene dos meses para encontrar un alquiler que pueda pagar? ¿Dónde está para quien trabaja ocho horas al día y aun así no puede permitirse vivir en su propia ciudad?

Esa oficina no está.

Pero seguramente mañana alguien dirá alguna barbaridad. Alguna ocurrencia. Alguna frase perfectamente recortable en quince segundos. Y volveremos todos a correr. A indignarnos. A compartirla. A discutir sobre ella. A hacer exactamente lo que se esperaba que hiciéramos.

Porque la atención se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla de nuestro tiempo. Ya no basta con tener información. Hay que decidir dónde miramos. Y, sobre todo, tenemos que aprender a decidir dónde seguimos mirando cuando alguien hace todo el ruido posible para que apartemos la vista.

Yo quiero seguir mirando a Mari Carmen.

Quiero mirar a esas 130 personas o familias desahuciadas en Elche.

Quiero mirar a quien no encuentra casa. A quien no llega al alquiler. A quien tiene miedo de que el próximo burofax sea el suyo. A quien vive en una habitación porque no puede pagar un piso. A quien ha tenido que marcharse del barrio donde nació porque vivir allí se ha convertido en un lujo.

Que otros sigan intentando decidir cuál tiene que ser el tema del día.

Mientras nos dicen que España se rompe, hay gente a la que se le está rompiendo la vida.