El Pleno del Ayuntamiento volvió a ser tenso. La socialista Saray Huertas llamó «partido fascista» a Vox y Pablo Ruz salió rápidamente en defensa de sus socios para recordar que Vox es un partido democrático y que está representado en las instituciones. No sólo eso, sino que llegó después a utilizar el mismo calificativo (fascista) contra la actitud de PSOE y Compromís. La presidencia terminó retirando del acta el calificativo empleado por la edil socialista. Pero el término del alcalde contra la oposición.
Pero presentarse a unas elecciones no constituye por sí solo un certificado ideológico de democracia. También los nazis concurrieron a elecciones en la República de Weimar. En julio de 1932 fueron la fuerza más votada, con alrededor del 37% de los votos y 230 diputados, mientras Hitler defendía abiertamente acabar con la democracia parlamentaria. Siguieron siendo nazis antes, durante y después de pasar por las urnas. La historia sirve precisamente para recordar que participar en las instituciones democráticas y defender valores democráticos no son necesariamente la misma cosa.
Lo revelador, además, fue comprobar cuándo Ruz sintió la necesidad de intervenir y cuándo prefirió no hacerlo.
Porque no se escuchó esa defensa inmediata de una parte de la ciudadanía ilicitana cuando Aurora Rodil afirmó que «un ateo no puede opinar» sobre el Misteri. La portavoz de Vox acusó además a Compromís de impulsar una «ideología atea contraria al pueblo de Elche que mira a la Mare de Déu». PP y Vox acababan de rechazar la moción que planteaba avanzar en la participación de mujeres y niñas en La Festa.
Ahí Ruz no salió a recordar que los ateos también son ilicitanos. Que pagan impuestos, votan, forman parte de la ciudad y tienen exactamente el mismo derecho que un creyente a opinar sobre un patrimonio que es de Elche. No de Vox, no de la Iglesia y no de quienes decidan conceder o retirar carnés de ilicitanismo en función de la fe.
El Misteri tiene una dimensión religiosa evidente, pero también es patrimonio cultural de toda una ciudad. También de quien no cree. También de quien cuestiona sus tradiciones. También de quien considera que una representación con siglos de historia puede evolucionar para dejar de excluir a mujeres y niñas.
Y resulta cuando menos llamativo que Rodil pretenda decidir quién puede hablar sobre una de las principales expresiones culturales de Elche en función de su relación con la religión. Integrarse en una ciudad también significa asumir que su patrimonio, su cultura y su identidad pertenecen a una sociedad plural y no exclusivamente a quienes comparten unas determinadas creencias.
Ceuta, Sánchez y Mohammed VI
En otros asuntos Ruz pareció bastante más dispuesto a entrar en combate político.
Ceuta volvió a aparecer. También Pedro Sánchez. También Mohammed VI. Terrenos cómodos para un discurso político que permite desplazar el pleno de Elche hacia las grandes batallas nacionales y los asuntos fronterizos.
La vivienda, en cambio, acabó otra vez con PP y Vox votando juntos contra una propuesta de la oposición.
El PSOE llevó al pleno una moción que reclamaba, entre otras medidas, crear un parque público permanente de alquiler asequible, un plan municipal de apoyo al alquiler para jóvenes y familias, incrementar en 200.000 euros las ayudas municipales y aplicar la Ley estatal de Vivienda. Compromís la respaldó. PP y Vox votaron en contra.
El debate llegaba además con la resaca social y emocional provocada por el caso de Maricarmen, utilizado expresamente por el PSOE para situar en el pleno las consecuencias concretas de la crisis de vivienda.
El PP podía discutir las medidas, plantear otras o explicar por qué consideraba equivocada cada propuesta. Pero el resultado político volvió a ser el mismo: cuando llegó el momento de votar medidas concretas sobre vivienda, PP y Vox cerraron filas.
Y ahí aparece una cuestión que va mucho más allá de una bronca puntual en el pleno.
Pablo Ruz reaccionó cuando Vox fue llamado fascista. No reaccionó de la misma manera cuando una concejala de su gobierno decidió que los ciudadanos ateos no estaban legitimados para opinar sobre el Misteri. Y PP y Vox volvieron a caminar juntos cuando sobre la mesa había propuestas de vivienda.
Ceuta, Sánchez, Mohammed VI. Ahí hay tiempo, palabras y batalla política.
Vivienda, bastante menos.
Después de años compartiendo gobierno, ya no se trata únicamente de que PP y Vox sean socios. Lo que empieza a resultar políticamente relevante es hasta qué punto el PP de Pablo Ruz está haciendo propios marcos, prioridades y silencios que antes identificaban fundamentalmente a su socio de extrema derecha.


