La migrante que señala a los migrantes

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Aurora Rodil llegó desde Argentina buscando en España estabilidad y un futuro mejor para sus hijos. Hoy, desde un despacho público y con un sueldo público, participa de un discurso político que presenta a quienes recorren caminos parecidos como una amenaza. Y yo, sinceramente, no consigo entenderlo.

Hay algo que llevo tiempo intentando comprender y cuanto más lo pienso, menos lo entiendo. Quizá Aurora Rodil pueda explicarlo algún día. Me gustaría saber en qué momento una persona que nació en Buenos Aires, que vivió en Argentina y que decidió trasladarse con su familia a España buscando una vida mejor puede acabar señalando desde las instituciones a otras personas que también dejaron su país buscando exactamente eso: una vida mejor.

No estoy haciendo ninguna interpretación sobre su pasado. Es su propia historia. Rodil ha contado públicamente que la situación en Argentina atravesaba momentos de enorme inestabilidad y que ella y su marido entendieron que España ofrecía mejores posibilidades para sus hijos. Decidieron venir porque aquí podían construir el futuro que allí les resultaba cada vez más difícil imaginar. Su padre, además, había recorrido anteriormente el camino contrario: era asturiano y emigró a Argentina. La migración, por tanto, no es algo extraño en la biografía de Aurora Rodil. Forma parte de su propia historia familiar.

Y me parece fantástico que viniera.

De verdad.

Me parece fantástico que España la acogiera, que pudiera ejercer como médica, que pudiera trabajar, desarrollar su vida profesional, criar aquí a sus hijos, participar en política, presentarse a unas elecciones y terminar siendo tercera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Elche. Esa es precisamente la sociedad en la que creo: una sociedad en la que el lugar donde alguien nació no determina hasta dónde puede llegar.

Lo que no entiendo es por qué esa misma lógica parece dejar de funcionar cuando quien llega no se llama Aurora, no es médica o no procede de Argentina.

Porque Rodil ocupa hoy un cargo público y percibe por él dinero público. El portal de transparencia del Ayuntamiento de Elche fija para la concejala de Familia y Mayores una retribución bruta anual de 41.392,08 euros por una dedicación del 75%. Y tampoco tengo absolutamente nada que reprocharle por ello: ha sido elegida concejala, forma parte de un gobierno municipal y cobra la remuneración establecida para desempeñar sus responsabilidades.

Pero entonces resulta todavía más incomprensible escuchar constantemente el discurso de las supuestas ayudas que reciben los demás.

En 2024, Rodil aseguró que existía un «mercado negro de empadronamientos» de personas que se registraban fraudulentamente para conseguir beneficios y ayudas sociales y sostuvo que aquello generaba un «efecto llamada». Vox acompañó aquellas declaraciones con su propuesta de retirar ayudas sociales a personas en situación irregular.

Después llegaron los menores migrantes. Ni siquiera adultos. Niños y adolescentes que han llegado a España solos. Ante la posibilidad de que Elche colaborase en su acogida, Aurora Rodil fue meridianamente clara: el Ayuntamiento no tenía «recursos ni vocación» para recibirlos. También afirmó que la prioridad debía ponerse en los mayores y menores de Elche porque son los ilicitanos quienes «pagan los impuestos y nos han elegido».

Y ahí es donde vuelvo a su propia historia.

Cuando Aurora Rodil llegó desde Argentina, ¿cuánto tiempo tuvo que pasar hasta que mereció formar parte del «nosotros»? ¿El primer día? ¿Cuando empezó a trabajar? ¿Cuando comenzó a pagar impuestos? ¿Cuando obtuvo determinados documentos? ¿Cuando entró en Vox? ¿Cuando fue elegida concejala?

¿En qué momento exacto deja uno de ser inmigrante y adquiere el derecho a mirar por encima del hombro al siguiente que llega? Porque esa es, para mí, la contradicción insoportable de este discurso.

Vox Elche ha vinculado reiteradamente la inmigración con la saturación de los servicios públicos y con la inseguridad. Rodil ha defendido mociones contra los procesos de regularización argumentando que producen «efecto llamada» y sobrecargan los servicios públicos. Incluso Pablo Ruz tuvo que matizar públicamente esa asociación y reconocer que no existe una vinculación real entre migración y violencia.

Y cuando escucho todo esto vuelvo inevitablemente a aquella familia que hizo las maletas en Argentina porque consideraba que sus hijos tendrían un futuro mejor en España.

¿Qué diferencia moral existe entre aquella decisión y la de una madre colombiana que llega a Elche para trabajar cuidando ancianos? ¿Entre aquella familia y un joven marroquí que viene buscando empleo? ¿Entre querer escapar de la inestabilidad argentina y querer escapar de la pobreza, de una guerra o de la ausencia absoluta de perspectivas en cualquier otro rincón del mundo?

Evidentemente, las circunstancias personales, económicas y administrativas serán distintas. Pero el impulso humano es exactamente el mismo: buscar una vida mejor.

Lo verdaderamente preocupante es construir dos categorías de inmigrantes. El inmigrante aceptable y el inmigrante sospechoso. El que vino «como había que venir» y el que merece ser señalado. El que contribuye y el que supuestamente viene a aprovecharse. Y demasiadas veces da la sensación de que esa frontera tiene mucho que ver con el dinero que tienes en el bolsillo, con el trabajo que puedes desempeñar, con el lugar del que procedes o incluso con el color de tu piel.

Yo no quiero que Aurora Rodil se marche de España.

No quiero que nadie le pregunte permanentemente dónde nació ni que nadie cuestione su derecho a representar a los ilicitanos porque nació a miles de kilómetros de aquí. No quiero que nadie le diga que, por haber nacido en Buenos Aires, es menos ilicitana que quien nació junto al Palmeral.

Quiero exactamente lo mismo para los demás.

Quiero que quien hemos llegado a Elche, trabaje en una fábrica de calzado, sirva una mesa, cuide a nuestros mayores, limpie nuestras casas, recoja fruta, levante edificios o monte un pequeño comercio tenga también la posibilidad de sentir algún día que esta ciudad es su casa.

Por eso me cuesta tanto comprender a Aurora Rodil.

Porque ella conoce la emigración. Su familia conoce la emigración. Ella sabe lo que significa abandonar el país donde has construido tu vida porque piensas que tus hijos pueden tener un futuro mejor al otro lado del océano.

España le dio esa oportunidad.

Elche le dio esa oportunidad.

Hasta el punto de que hoy puede sentarse en la tercera Tenencia de Alcaldía y cobrar un salario público por decidir sobre la vida de los demás.

Quizá por eso esperaba de ella precisamente lo contrario: un poco más de memoria.

Y, sobre todo, un poco más de humanidad.

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